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Hilda

Mi familia en Costa Rica no tenía dinero, así que cuando yo tenía cuatro años mi madre me vendió como esclava sexual. Los hombres pagaban un montón de dinero por hacer lo que querían con los niños. Por lo tanto, mientras otros niños de mi edad iban a la escuela, yo trabajaba en un prostíbulo, entregándole todas las ganancias a mi madre. Toda mi vida me sentí fea y sucia, avergonzada. Aprendí a beber licor y usar cocaína muy temprano, como una manera de embotar el dolor.

Cuando era adolescente tuve dos hijos propios. Mi madre me los quitó, diciendo que una persona mugrienta como yo no podía criar hijos. Desde entonces trabajé más duro para ganar dinero para sostener a mis hijos. Era la única manera en que podía mostrarles mi amor.

Con el tiempo los padrotes empezaron a exigirnos cada vez más a las prostitutas. A veces trabajaba doble turno, recibiendo hasta a cien hombres al día. Los hombres se alineaban fuera de la puerta y yo tenía sólo diez minutos con cada uno.
Un día un cliente se enfureció porque no quise hacer lo que pedía. Me amenazó con un puñal, luego me golpeó con un bate de béisbol, partiéndome la cabeza. Me llevaron al hospital y permanecí acostada en una cama planeando matarme. Tal vez si solo desconectaba los tubos que me habían colocado…

Por último me arrodillé junto a la cama y le supliqué a Dios. Quería de alguna manera escapar de la prostitución, llegar a ser una madre real para mis hijos. Dios contestó esa oración con un milagro. Me dio una visión. En realidad vi las palabras: «Busca la Fundación Rahab». Casi ni sabía leer y escribir, y no conocía la palabra Rahab. No es una palabra común del español. Sin embargo, una de las enfermeras me ayudó hallar el número telefónico, y llamé.

El teléfono timbró y timbró, y yo oraba: «Señor, si en realidad existes, haz que alguien conteste el teléfono». Finalmente una mujer llamada Mariliana respondió. Según resultó, era la directora de Rahab, la cual estaba cerrada por el día, pero ella había pasado para recoger algunos papeles.

«Necesito ayuda» Le dije a Mariliana «Estoy muriéndome. Ya no aguanto más». Ella me dijo que Dios me amaba y que no me dejaría sola. Me iba a ayudar para que dejara la prostitución y empezara una nueva vida. Unos pocos días más tarde me llevó a su casa, todavía lesionada y vendada, cuando salí del hospital. Me recibió con un enorme abrazo y dijo: «Aquí estás segura, Hilda». Me dijo que Rahab era el nombre de una prostituta en la Biblia que llegó a ser una heroína.

Casi no podía creer la esperanza en la cara de Mariliana. Me parecía que todo era un sueño. Ella me dio una cama limpia, flores para mi cuarto, y una promesa de que ningún hombre me acosaría. Me presentó a las otras mujeres que habían dejado la prostitución. Me enseño como ser una madre real, y ahora estoy estudiando un oficio para vivir la gloria de Dios.

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